Sociedades libres

POR Karla Intriago Zambrano
kainza84@yahoo.com
La secularización de la sociedad es más que un debate clásico, es la razón que incentiva a los países a tomar decisiones geopolíticas claves para controlar “la controversia de las civilizaciones” y el afán permanente de los ortodoxos teocráticos por imponerse a quienes no lo son.
Se trata de algo complejo y oscuro, a una “mente imparcial” le cuesta entender porqué muchos tradicionalistas occidentales lamentan la baja importancia de la religión en la política y vida pública de nuestras naciones, pero financian y apoyan a los grupos civiles de los países árabes y asiáticos que luchan contra un gobierno teocrático musulmán.
En Latinoamérica, mientras la gente sobrevive como puede, la ortodoxia católica alejada de las muchedumbres pobres, exige pureza angelical y virtudes -que corren alto riesgo ante el hambre y la pobreza-, mientras ignora déspotamente que parte del clero se ha visto envuelto en casos de violencia sexual o corrupción Ej. Cura Flores. Es penoso aceptar que “en tiempo de bárbaras naciones colgaban de las cruces los ladrones; más ahora, en tiempo de las luces, del pecho del ladrón cuelgan las cruces”.
Según los ortodoxos, el mundo entre más secularizado, es más amigo del relativismo y por tanto pecador.
Ellos rechazan rotundamente el uso de anticonceptivos para regular la explosiva natalidad, uso de preservativos para controlar el SIDA, el manejo de embriones humanos para la obtención de células estaminales para la investigación, el aborto en todos los casos, la eutanasia sin importar cuan deplorable pueda llegar a ser la calidad de vida del enfermo, objeta totalmente el divorcio y la unión libre, etcétera.
Y claro, siendo nuestro pueblo, un pueblo en vías de desarrollo y limitaciones educativas, las diferencias de opinión entre sociedad e Iglesia se parecen, provocando marginalidad y rechazo hacia muchos que no son sino víctimas o inocentes de un sistema falso e impúdico, repleto de aparentes virtudes públicas, pero vacío de virtud en lo privado. Ni en la ética fría ni en el castigo inflexibilísimo, hay espacio para la rehabilitación, el respeto y el perdón.
Afortunadamente, en la Iglesia se impone la idea que no sólo los clérigos y religiosos pueden alcanzar la santidad, sino también los seglares, quienes por vocación, con su ejemplo y discurso, anuncian el evangelio y enfrentan con fe las realidades temporales. La iglesia los llama “laicos”, por ser además persona bautizada y que practica la religión.
Cuestión que a los no religiosos llama también la atención, porque ellos consideran que un laico es aquel que se identifica con el laicismo, es decir, con una forma de entender al mundo sin multitud de dogmas y autoridades privilegiadas, con libertad religiosa, gobernantes no religiosos, curas no políticos, con Estados fraternales y laicos, que acepte al ateo o al religioso sin menoscabo, respetando la libertad de cada cual.
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