¡Qué lástima por Ecuador…!

POR Marco Arteaga Calderón
artecal85@yahoo.com
Los cambios están requeridos desde hace ya buen tiempo. ¿Quién de los que de alguna manera lideran la dinámica del país no conoce que la estructura político jurídica en que dicha dinámica está basada, ya no da más…? Es obsoleta. Fuera de tiempo y lugar. Las leyes, en otro momento posiblemente buenas, hoy no tienen correspondencia con una realidad, cada vez menos de casa adentro y cada vez más internacionalizada. Y con una legislación tan desgastada la responsabilidad, la honestidad, la seriedad, definitivamente se han tomado vacaciones. Si por un lado los partidos políticos trascendieron su discurso de civismo social y de principios ideológicos hacia un oportunismo personalizado de intereses, enterrando sus objetivos y metas a favor de sus faltriqueras, los órganos de control del Estado son ciegos, sordos y mudos ante el despropósito de quienes manejando la cosa pública a su antojo hacen y deshacen, aprovechando el caos del “sálvese quien pueda”.
Con situación tan obvia y notoriamente expuesta y sufrida por todos, en ausencia de una educación válida, de una ocupación estable, de una dieta alimentaria de calidad, de una salud no comercializada, de una vivienda familiar sana…, el cambio sigue siendo una necesidad. Más, algo indispensable! Pero un cambio no que profundice el caos. Mas bien que al eliminarlo, en el proceso de transformación y transferencias sociales, económicas, políticas, garantice el desarrollo de bienestar, en justicia y libertad.
Sin embargo, como que las cosas están mal entendidas. De los que dicen querer una sociedad diferente, de participación y solidaridad, unos aspiran llegar a la Constituyente porque no tienen trabajo, otros pretenden solucionar los problemas del barrio y de la parentela; hay quienes, incluso, proponen alza de sueldos y salarios, baja del costo de la canasta familiar y hasta empleos fijos ni bien integren la Asamblea. ¿Y el Tribunal Electoral, con la obligación cívica y moral de informar, en profundidad, a la ciudadanía en cada rincón de la comunidad ecuatoriana? ¿Es que funciona esta instancia? Si a esto hay que sumar la campaña politiquera de un gobierno central que sigue trepado en la tarima eleccionaria, como que todo está perdiéndose en la bruma. Peor con un ejecutivo incapaz de morderse la lengua, para evitar los tantos desafueros de torpezas verbales y pretendiendo administrar la nación, sin conseguirlo, mediante declaraciones de emergencia y obsequios económicos sin respaldo de utilidad cierta. La meta principal de una nueva carta constitucional, coherente a las realidades que el país exige, cada día está más confusa y alejándose precipitadamente de la propuesta original.
Estuvimos de acuerdo en la última Constituyente, cuando martillamos en repetidos comentarios editoriales, evitar el caos por la elaboración de una Carta suprema nueva. ¿Consecuencias? Sobre las falacias en que la zozobra nos hundía acumulamos, y con mucho costo económico, ideológico y moral, una vergüenza más! En diciembre del 2006, al parecer no tan curados de la tragedia de la estupidez del poder, escribimos en Diario El Telégrafo, cuando había libertad de opinar y sus páginas no servían al oficialismo, “De cualquier manera, aunque sea“por ver”, como se dice en el poker… Sí a la Constituyente!”. Hoy, 8 meses después, con muchas reservas y temiendo perder este espacio socio político, quizás el único que por esta temporada nos queda, insistimos en una Constitución democráticamente válida para todos; o sea, que cada quien pueda vivir, individualmente, en equidad creativa. De no ser así ¡QUÉ LÁSTIMA POR ECUADOR…!
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