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Agosto 28, 2008

OPINIÓN

Clasificado bajo: Edición 245 — El Autonomista @ 1:59 am

La mixtificación liberal después del año 12


Gastón De Janón García

Dios apartó los ojos de la tierra. // Y nada quiso ver; torva, sombría,
la manada cruel de airadas hienas. // Se amontonó famélica, bravía,
sobre el heróico anciano que moría //vertiendo el jugo de sus rotas venas.
Alfredo Gómez Jaime (poeta)

El mundo civilizado se estremeció de horror ante la consumación de los crímenes de enero de 1912. Y en el Ecuador se produjo el caos, pretendiendo sentar sus reales las anarquía. El delito imperaba en contubernio con la ambición, con esa ambición baja, mezquina, que todo lo atropella cuando de triunfar se trata.
El gran crimen había ensangrentado la tierra ecuatoriana; pero sus actores no se habían saciado aún. Estaban resueltos a asaltar el poder, aunque para ello tuvieran que pasar, como pasaron, por ríos de sangre y montañas de cadáveres de protectores ilustres y correligionarios distinguidos.

Colocados en la recta del delito no era una cuestión de retroceder por un muerto más o un muerto menos. Lo importante era limpiar el camino de todo lo que pudiera ser del camarada de ayer en la línea de fuego, del compañero cuyos conocimientos en el arte de la guerra habían dado el triunfo sobre los grandes desaparecidos. Y cuya presencia proyectaba una sombra engendradora de un complejo de inferioridad, que era necesario destruir. No podía quedar en pie nadie que tuviera una estatura moral mayor que la del aspirante a mayordomo de este feudo.
Y fue entonces que se produjo el 5 de marzo de 1912. Ese asesinato político conocido en la historia nacional con el nombre de “El Crimen del armario”. A él le dedicaré un capitulo especial, basado en la valiente peñola de Eduardo A. Martínez, el periodista carchense que popularizó en “El Día” el pseudónimo de N.A.L.D.

Muerto Julio Andrade, se pensó que no había ya quién dirigiera una oposición periodística, menos una rebelión armada. se confiaba demasiado en que la ola de sangre que había abogado a los generales del radicalismo, había también sembrado el terror en todos los espíritus, imposibilitando cualquier protesta. ¡Que error más grande!
Subestimaron a esa diminuta figura que encerraba un gran corazón y que en vida se llamó Carlos Concha Torres, a penas salió del panóptico, en busca de esa gran fuente de valor temerario presto siempre al servicio de las nobles causas, solicitando cooperación para levantar la protesta armada por el horrendo asesinato.
y durante los cuatro años que el mayor culpable detentara el poder, las ardientes selvas del litoral sintieron el tropel de los corceles de guerra y el tronar de los cañones libertarios del conchismo insurrecto que en elevado gesto de masculinidad y consecuencia ideológica había salvado el nombre del radicalismo ecuatoriano ante el concepto de sus coidearios de América y ante las generaciones futuras.

Y si en verdad las autoridades revolucionarias de Carlos Concha mantuvieron todo el tiempo tranquilo al gobierno, este no llegó a ser depuesto. la revolución murió con la captura de quien la acaudillaba y el rendimiento de los jefes que lo acompañaban.

Mientras tanto, una fatídica hegemonía política se consolidaba en el país, al que aprisionó en el tentáculo, como un pulpo gigantesco y horrible, desde 1912 en que hizo la purga del partido hasta 1925 en que la juventud militar se rebeló contra la autoridad del sátrapa y lo lanzó fuera de la patria, retornando a ella años más tarde, en circunstancias en que el Ecuador libre luchaba contra el bonifacismo despótico y retrogrado que fue liquidado en la batalla de los Cuatro Días.
Por esa misma época, el General Barba de Azabache falleció, y cuando viajaba en el ferrocarril, construido por el General Eloy Alfaro, y frente a la estatua que inmortalizó el gran caudillo en Huigra.
Hay mucho que comentar sobre este tema pero no quiero cansar, será en una próxima fecha.

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