OPINIÓN
Decadencia del género humano

POR Jairo Macías Arteaga
Si miramos nuestra sociedad con cierto detenimiento, veremos con asombro el descenso abismal que ha experimentado el género humano en estos días. Hacia donde quiera que miremos, desde las más altas esferas de gobierno hasta las clases sociales más humildes, encontramos hombres en condiciones éticas y morales en extremos deprimentes. Las enseñanzas prescritas por maestros, sabios y profetas para salvar la humanidad de esos males, han sido olvidadas, y en su lugar se han levantado como ideales, los éxitos mundanos, la fama, el poder, la vida cómoda, los lujos extravagantes y la obtención de riquezas.
Las riquezas materiales están recibiendo una mayor atención que lo moral y lo espiritual, la verdad y la justicia están desapareciendo aceleradamente, el arte está siendo degradado a un entretenimiento sensual, la educación no da como resultado humildad y respeto, sino indisciplina, arrogancia; la distinción entre lo bueno y lo malo es rara vez reconocida; el amor ha caído por una pendiente y en cambio el odio basado en intereses personales, de clases sociales y religión arrecian y se acrecienta. El hombre se ha vuelto artificial y deshonesto, desviado de su forma normal. Ha dejado atrás las maneras sencillas de vivir y ha hecho de su mente un basurero de ideas, preocupaciones, ansiedades y temores y como consecuencia de esto, se han visto desarraigados los valores éticos y morales tan esenciales para el bienestar humano.
La vida para el hombre moderno se la concibe como una interrumpida senda de felicidad, comodidades y placeres sensoriales fácilmente alcanzables en nuestra sociedad. De este modo, llevado por una ansia morbosa de lo temporal y trivial, corre hacia su ruina y por su ignorancia pierde la valiosa herencia del tesoro del alma.
Los sabios sostienen que el hombre es la síntesis de todos los sentimientos, emociones y reacciones que surgen de su mente. Cuando la mente está limpia, el mundo que ella perciba también estará limpio. Cuando la mente está agitada y llena de temor, el mundo se percibe desdichado y deprimente. Mucha gente culpa al mundo, sin saber que la falta está en el hombre mismo. El hombre ve al mundo a través de los lentes de sus propios prejuicios y predilecciones y lo condena o lo alaba para complacerse así mismo, y por ello, este pequeño mundo está lleno de problemas entre culturas en conflictos, creencias en competencia y ambiciones enfrentadas.
La vida humana es una mezcla de alegría y dolor, de lo correcto y lo equivocado, de amor y odio, por lo tanto, es contra la naturaleza esperar sólo lo bueno o alegre, o sólo lo malo o doloroso. Sin embargo, la carga de lo malo y la agonía del dolor pueden ser reducidas en proporción a la lealtad que el hombre ofrezca a los ideales sublimes y a los esfuerzos que haga por ponerlos en práctica.




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