OPINIÓN
No al centralismo de Estado!

Marco Arteaga Calderón | artecal85@yahoo.com
¿Puede comprenderse al Estado como protector de la sociedad en que hace presencia? Todos los tipos de Estado, históricamente, han proyectado su estadía en tanto beneficio y satisfacción a las necesidades de los pueblos. En la práctica, sin embargo, no ha pasado tan halagadora idea de una simple ilusión pues, en la cotidianidad, el resultado ha sido siempre conculcación, especialmente para la gran mayoría que sufre la prepotencia del poder que, aunque casi siempre minoritario en su manejo, impone la decisión de su autocracia. ¿Cómo superar, por más esfuerzo ideológico para definirlo como bienhechor, las dos funciones concretas en que apoya y fundamenta su existencia, de cobrador de impuestos y distribuidor de servicios, y que según el tipo administrativo de gobierno es más lo uno que lo otro? ¿No es que además, al final de cuentas, prevalece, casi con exclusividad, la pura exacción convertida por el proceso burocrático en represión, que exige el pago por un castigo sinónimo de violencia? Violencia sicológica. Violencia social. Dos caminos hijos de una sola fuente, la violencia política, partidista o burocrática, ente promotor de la perversa manipulación de la gestión estatal.
Cuando en este contexto aparece algún liderazgo de cualquier versión autocrática, lo arbitrario resalta en un personalismo discrecional sinónimo, poco a poco, de acciones despóticas y aberrantes, arrinconando, con desprecio fulminante, antes que nada, la justicia y la libertad. O lo que es lo mismo, el derecho a la palabra, queda bloqueado. No va más! ¿Comentar? ¿Analizar? ¿Discutir? ¿Discrepar? ¿Criticar? No! En el personalismo discrecional del liderazgo de gobierno estas categorías del pensamiento son indicadores antipatria que, al sentirlos en oposición, los convierte por transferencia en el enemigo que hay que liquidar. En general la ley que encubre este hacer confirma la soberanía del poder, que busca así legitimar su obsesión del mandato convertido en destino de la nación, del pueblo, del propio Estado. Aquí está la esencia de la centralización burocrática y administrativa que persigue la concentración de las decisiones sobre las gestiones estatales. Ahora, entonces, el ejecutivo es todo. No se contenta con ser mago. También es profeta. Hay sueños en que los dioses le hablan. En la soledad, sin embargo, los demonios lo perturban. Es el populismo en vivo. Con gritos nacionalistas pretende ocultar el patrioterismo, su alimento principal, sea eslogans, cantos, consignas, símbolos que van delineando la confusión del absurdo fascistoide.
El deterioro del Estado tradicional, aunque quieran o no las grandes potencias, señala la urgencia de un nueva forma de entendimiento social. Más hacia el consenso entre las poblaciones que mediante la representación clientelar en las urnas. ¿Desde hace cuántos años, grupos de estudiosos, venimos insistiendo en que organismos internacionales como Naciones Unidas y OEA, no tienen ya mayor valor para los pueblos, aunque para los intereses gubernamentales todavía sigan siendo parte de su soporte partidista eleccionario? Llama la atención, por eso, que quienes alborotan con el pretexto del socialismo del siglo XXI, vivo en sus mentes fósiles, pretendan la centralización del Estado aumentando su obesidad administrativa y como objetivo hagan coro por las libertades, los derechos, las aperturas de justicia y equidad… ¿O el reclamo conlleva la democratización en profundidad, y con ésta la habilitación institucional de la actividad social, política, económica y cultural descentralizada o habrá que entenderlo como el juego sintomático del oportunismo de los tontos útiles?
(Amigo lector: hable con su vecino de oficina o de casa, reflexione y tome posición… El país también está en sus manos!)
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