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Enero 23, 2008

OPINIÓN

Clasificado bajo: Opinión, Edición 232 — El Autonomista @ 8:28 am

Homero ha muerto


POR Lenin Manuel Moreira Moreira

Su ascendencia telúrica y genética era de Santa Ana, sus padres don Isidoro Mendoza y doña Cristina Moreira, fueron unos de los primeros emigrantes de Vuelta Larga a la capital manabita que un poco antes de la primera mitad del siglo pasado arribaron a la Villa de San Gregorio de Portoviejo que abría sus generosos brazos a sus comprovincianos que se constituía como polo de promisión en una nueva visión de vida.

Su hogar se asentó en Andrés de Vera donde las viviendas de la época hacían un marco armónico con la naturaleza exuberante que circundaba con sus riberas el entonces límpido caudal que era el río Portoviejo, actualmente contaminado por la acción irresponsable y depredadora del animal más peligroso, el hombre.

En ese ambiente donde las relaciones humanas positivas eran la resultante de la buena vecindad, producto del trabajo y la honestidad, Homero Sigifredo Mendoza Moreira, vio transcurrir su niñez, adolescencia y juventud en concordancia con su época donde la edad dorada de la existencia se conjuga con los sueños y los ideales; y, en este aspecto, Homero fue un idealista a ultranza y esa convicción lo hizo abrazar el partido liberal, del que nunca defeccionó y al que fue leal hasta su muerte.

Era un político inveterado nato, su condición de caudillo fluía con espontaneidad y aquello le dio la autoridad inmanente de líder por el mérito que emanaba de su personalidad más que por el rango que el sistema le reconoció en algunas funciones públicas que ejerció con notable desempeño.
Perteneció a una generación donde la hombría de bien era el atributo del varón que rechazaba la injusticia y hacía prevalecer sus derechos en el civilizado de la palabra o en el tradicional terreno del enfrentamiento físico, y en este campo tuvo singular protagonismo, sin que ello superpusiera sus dotes de caballero sensible y amigo a carta cabal.
Homero fue un hombre de gran sentido común, su ausencia de educación formal la compensó en la universidad de la vida y acaso se podría decir que fue un autodidacta. Vivió el momento con intensidad y no previó, en su entusiasmo bélico ante la vida, que una penosa enfermedad le calaría su robusto organismo en una lenta y larga agonía hasta su final.
Homero ha muerto. Y con él un gran capítulo de Andrés de Vera, Portoviejo y Manabí. A su esposa Elsa y a sus atribulados hijos un abrazo fraterno de solidaridad ante lo inexorable. ¡Descansa en paz, amigo!

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