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Septiembre 17, 2007

Lo que enseña la naturaleza

Clasificado bajo: Opinión, Edición 226 — El Autonomista @ 9:34 am

POR: Jairo Macías Arteaga

Debemos considerar a la naturaleza como una inmensa universidad y debemos absorber de ella enseñanzas útiles y duraderas. Si comparamos e interpretamos el conocimiento que la naturaleza enseña con el conocimiento del hombre y sus diversas victorias y fracasos, es evidente que la naturaleza es el mejor maestro, ya que podemos extraer sabiduría del cielo, de los árboles, los animales, las montañas, los ríos, las nubes, los insectos, en realidad de todos los seres y cosas que hacen el universo. Acerquémonos a estos maestros con respeto, admiración y humildad y ellos nos enseñarán en silencio sus lecciones. Lo que tenemos que hacer es, tener la voluntad y el anhelo de aprender.

Los árboles son maestros de lecciones profundas: nos enseñan fortaleza, tolerancia, generosidad. Paciencia austera y el arte de esperar el momento adecuado. Aprendamos del cielo que nos enseña a pensar en lo grande, porque cuando vemos una estrella debemos entender que en realidad esa estrella se encuentra a millones de años luz de distancia en el espacio exterior, y nos enseña a extender nuestra visión, a permitirle a nuestra mente que viaje más allá del horizonte.

Los animales son grandes maestros, pueden enseñarnos lecciones de cómo librarnos del acoso y del tormento. Si los miramos en su hábitat son dichosos, ellos no sufren de lamentaciones de ‘mala suerte’. No luchan por la fama, no planean ni se preparan para alcanzar posiciones de poder y autoridad sobre otros. No se encuentran ansiosos por acumular bienes. Jamás tienen inclinaciones de desviarse de su propia senda. Sólo el hombre tiene problemas en obedecer las leyes naturales como consecuencia de su libre albedrío.
Aprendamos de los ríos a ser industriosos, generosos y derrochadores de energías. Ellos recogen gota a gota el agua de los arroyos y cuencas y la llevan para distribuirla. Son los canales de la tierra que nutren y alimentan las fuentes de la alegría y la abundancia. Desbordan las orillas y depositan en el campo el lodo precioso que nutrirá las cosechas en años venideros. Lo único que tenemos que hacer para aprender la lección es sentarnos en la orilla a contemplarlos.

Aprendamos la lección de amor mutuo y de cooperación de una insignificante hormiga. Cuando una de ellas encuentra un terrón de azúcar, no lo esconde o trata de comérselo ella sola. En lugar de eso, busca y llama a todas sus amigas y parientes para compartir el banquete. Ellas reciben y dan, sólo el hombre se complace en recibir y olvidar, sacar y explotar.

El hombre se degrada debido a su ingratitud mostrada incluso a Dios, quien lo ha provisto de todo lo que tiene. Si tuviera la percepción para ver en todas partes, en cada metro de terreno, en cada ser o cosa, pequeña o grande, en cada árbol, en cada insecto, la huella de Dios, entonces percibiría a la naturaleza no como su enemiga a quien debe derrotar y conquistar, sino que la vería como su maestra más cercana, como a su propia madre con vestimenta de gloria. La vería como una diosa que exige adoración más que explotación. Esa es la lección que enseña la naturaleza, la más grande universidad del hombre.

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