El Autonomista.com

Octubre 18, 2008

Leyendo un poco de historia

Clasificado bajo: Historia, Opinión, Edición 248 — El Autonomista @ 2:00 am

Ugo Stornaiolo*

“Dicen que la historia no sirve para nada, pero quien no conoce de historia no sirve para nada. Los pueblos que no conocen la historia, están condenados a repetirla”.

A menudo, cuando leemos y releemos textos de historia, nos solemos preguntar ¿y eso, para qué sirve? Se supone que los hechos pasados, pasados están y es mejor dejarlos morir en el cofre de los recuerdos.

La verdad es que muchos jóvenes preferirían olvidarse de la historia. “Son las fechas, son los nombres, son los lugares. Es algo muy difícil de aprender”. Y, hasta cierto punto tienen razón. ¿De qué sirve realmente la historia?
Pero, vemos textos en la historia que nos sorprenden y espeluznan, por el escalofriante parecido con la realidad de nuestros días. Y en verdad no parecen ser coincidencias, sino que podrían estar ratificando aquella idea de que son ciclos que vienen y van, que se repiten y que reaparecen. Y lo más notable: siempre repetimos los errores que creíamos haber superado.
Una explicación de esto podrían ser los problemas financieros de Wall Street, que, al decir de muchos analistas y expertos, no son otra cosa que la repetición del episodio de 1929, en el denominado “Octubre Negro”, en la llamada “capital del mundo”.
¿Qué pasaba hace “solo” 5 mil años? “El sistema social condicionaba el sistema de comunicación. El correo, como instrumento de acceso a las fuentes noticieras, estaba reservado a la casta minoritaria dominante. Esta casta hacía de él el uso que más convenía a sus intereses de poder en relación con los restantes Estados y en relación con la población dominada”, escribía Manuel Vásquez Montalbán.

“Los Faraones o los Emperadores de Persia manipulaban la información de otras tierras que les traían mercaderes y emisarios exclusivos según les interesaba que el comunicado se filtrara hacia las bases de la pirámide social”, agrega el fallecido estudioso catalán.
Las posibilidades de que el pueblo pueda conocer de primera mano las informaciones estaban reservadas a un poder que lo usaba y dosificaba de acuerdo con sus particulares conveniencias. Es decir, solo vamos a comunicar lo que nos conviene, podrían haber dicho los faraones, reyes y emperadores de ese período.
Sobre toda posibilidad de comunicación se cernía el control del poder con armas iguales a las actuales: el control estructural (monopolio de los medios de comunicación) y el control legal (normas de conducta para los comunicados particulares).

Es decir, quien tiene el poder, tiene la capacidad de manejar la información a su antojo y contar a su pueblo solo lo que le conviene. Estamos en el siglo IV y III antes de nuestra era. Pero parece que estamos en nuestra época, en pleno siglo XXI.

Entonces importaba el control de las noticias día a día, importaba el control de la historia inmediata, de la crónica que almacenaba informaciones e interpretaciones. Cada ciudad del imperio imitaba lo que hacía la capital.

El control de la comunicación social se ha aplicado desde siempre para dar una intencionalidad al comunicado coincidente con los intereses del emisor para imponérselos al receptor.
En plena democracia griega, los tiranos griegos mixtificaron el poder democrático: “en la medida en que ellos instauraban un régimen nuevo que no se apoyaba sobre el pueblo, los tiranos y demagogos debían actuar sobre el pueblo para obtener su adhesión y su fidelidad al régimen”.
Los tiranos griegos llevaron al máximo el control informativo, al instrumentalizar la literatura hasta el punto de tergiversar las obras antiguas, construyeron grandes obras públicas que operaban como inmensos signos de sus logros, estimulaban las fiestas, etc.

Pisistrato, considerado como un antecesor ilustre de Joseph Göebbels, recurrió a muchas técnicas a las que cualquier político –en el poder o fuera de él y buscándolo- se adheriría sin titubeos: la denuncia del enemigo para paralizarlo, la falsificación literaria adaptada a la conveniencia del que manda, la conversión de fiestas populares en eventos de adhesión al régimen.
Por si fuera poco, también, este tirano griego creó una especie de Ministerio de culto y propaganda –dirigido por su hijo- para establecer un vínculo entre el culto religioso y el político. Fue también quien estableció la norma de dispersar a los intelectuales críticos y alejarles de los grandes centros urbanos. Casi no creo que esté leyendo algo que pasó hace tres mil años.

Si Pisistrato pasa a la historia como modelo de tirano, el demócrata Pericles no se queda atrás. Las condiciones de control de la situación social, política e ideológica no se modificaron sensiblemente en el denominado “Siglo de Oro griego”. En esta etapa se perfila la denominada “psicogogia”, como un conjunto de técnicas para orientar y guiar el comportamiento.
Pericles no cesó de utilizar las técnicas de la persuasión en la conciencia pública. Se dice que ejercía un poder hipnótico sobre el pueblo gracias a su desarmante oratoria. Organizó grandes festejos públicos y a eso le agregó la beneficencia de establecer la entrada gratuita (¿puede llamarse a eso una política de subsidios?) al teatro a las clases populares.
Leo la historia antigua y me doy cuenta que las cosas no han cambiado en veinte siglos. Probablemente lo que se ha modificado es el uso de técnicas e instrumentos de comunicación. Antes solamente se recurría al ágora, al espacio público, a la reunión de los letrados o a los grandes maestros de la filosofía. Actualmente hay televisión, periódicos, radios y sobre todo existe la red de redes, el Internet. Es decir, cambió la época, pero las técnicas para que el poder domine a las masas siguen siendo las mismas.

Es cuestión de cambiar los eslóganes, los lemas, las canciones, las tonadas y los colores. El resto es cuestión de dejárselo a un experto en técnicas de mercadeo y de publicidad para que construya una “imagen que venda”.

Pero, eso sí, el candidato tiene que ser lo suficientemente atractivo (en lo físico, en su léxico y en la oratoria) y que además tenga llegada en los estratos más pobres.
El resultado está garantizado y funciona en cualquier país del mundo. Total, siempre estamos esperando que sea ese “Mesías o iluminado” el que termine resolviendo todos nuestros problemas. Amigo lector, saque usted sus propias conclusiones…

* Doctor, docente Facultad de Comunicación Social Universidad Central Del Ecuador

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