El Autonomista.com

November 13, 2008

Leyendo un poco de historia (II)

Filed under: Edición 250,Opinión — El Autonomista @ 8:20 pm

Ugo Stornaiolo*

“Pues la libertad solo está en la ley, // la ley de todos, la voluntad suprema // es mi obra, está hecha por mí //sometiéndome a las leyes // me obedezco a mí mismo // prefiero la humilde virtud // que cubre la choza // a los vicios de los opulentos”.

Esta extraña pero reveladora poesía fue escrita por un soldado de un batallón francés en el tiempo de la Revolución Francesa y demostraba cuán informados estaban los franceses en los meses previos al levantamiento revolucionario del 14 de julio de 1789, lo que demuestra la gran importancia que ya tenía la comunicación –sin ese nombre- en la vida cotidiana de ese país.

Los pensadores de la burguesía se apoyaban en los escritos de los pensadores ilustrados. Pero solo gracias a los almanaques y a los cancioneros, el pueblo pudo conocer de primera mano lo que ocurría tras bastidores en París y en los salones del lujoso Palacio de Versalles.

Una inmensa capa de la gente se iba nutriendo gracias a la vulgarización de estos textos, a través de la lectura pública de escritos o canciones. La obra de los enciclopedistas era “vulgarizada” a pesar de la aversión y enojo que estos sabios tuvieron por la “literatura popular”. Rousseau nunca estuvo de acuerdo con estos escritores de panfletos, sobre quienes decía que “mienten por dos peniques diarios”.

Esto nos da a entender que uno de los factores que desencadenó la gesta parisina fue precisamente que el público estaba informado absolutamente de todo lo que sucedía. El antiguo régimen tambaleaba y se perfilaba el inevitable paso hacia una verdadera democracia, encarnada por la revolución.

Siempre es posible generar opinión si se tiene redes de comunicación, que son las que permiten fijar una ordenación de objetivos políticos sobre la base de la información persuasoria.
Aunque nadie duda que la principal causa de la revuelta fue el descontento y las condiciones de miseria en las que estaba sumida la clase popular, no hay dudas de que sus líderes aprendieron diversas “maneras de expresar la protesta”, mediante signos convencionales para hacerlo.

Es decir, adecuaron un lenguaje convencional revolucionario que extrajeron del coloquio y de la conversación y de leer e intercambiar ideas. Las bases de la auténtica libertad de expresión están ahí: en la libertad de expresión y en la libertad de reunión (dígase “forajidos”, majaderos” o cualquier otra palabreja que se les ocurra a los lectores).

Luego, cuando la revolución se institucionalizó y temía que surjan brotes de una contrarrevolución, practicó medidas de represión y se dirigió especialmente contra aquellas instituciones que facilitaban la libertad de reunión. Es decir, solo tendrán libertad de reunión y expresión aquellos que estén de acuerdo o que concuerden con los postulados revolucionarios (suena un poco familiar para nosotros esta parte de la historia francesa).

De esa misma época vienen toda esa idea de que era necesario acercar el lenguaje revolucionario al pueblo, como planteaba Marat. El poder revolucionario desató una fuerte represión por parte del poder revolucionario asustado por el consenso público que suscitaba (como si ese poder no estuviera totalmente seguro de que controlaba y manejaba todas las instancias e instituciones).
Allí nació el concepto de “envenenadores de opinión” (no se menciona en el texto a las “gorditas horrorosas” o a las “bestias salvajes”, pero algo de parecido tienen los dos episodios)….
No dista mucho lo escrito en los párrafos anteriores con los términos despectivos con los que algunos regímenes democráticos suelen referirse contra de los medios de comunicación cuando éstos no siguen la línea partidista oficial.

Asimismo, la conducta de las masas fue regulada por la prensa, por los pasquines del poder, mítines, asambleas y una nueva simbología que trató de encontrar un nuevo lenguaje total “para lo que consideraba un cambio histórico total”.

Se cambió el calendario, los nombres de las calles y plazas públicas, el lenguaje de identificación social (la palabra “ciudadano”, por ejemplo), elementos del vestuario que simbolizaban las gestas revolucionarias (la escarapela tricolor -francesa, por si acaso-). Se cambiaron los festejos, los monumentos, los mitos actuales e históricos.

Sergei Tchakhotine, autor ruso, nos describe en su obra “le viol des foules” (algo así como la violencia de los tontos, en la traducción del francés) que se creó una oficina del Espíritu, una especie de Ministerio de Propaganda. Además relata algo que puede tener sindéresis con nuestra situación actual, que lo transcribimos textualmente:
“Si examinamos con cierto detenimiento los procedimientos propagandísticos de la Revolución, lo que nos sorprende es el amplio empleo de los símbolos: la bandera tricolor como símbolo visual, los acentos de la Marsellesa como símbolo vocal y auditivo, así como el término “ciudadano” empleado en vez de “señor” y que se origina en octubre de 1792”. Como para que nos acordemos siempre, del eslogan “la patria ya es de todos” y de las notas y la música de “Patria, tierra sagrada”…

Esta simbología fue lenguaje de intercomunicación. La imagen jugó un papel importante en esta concienciación revolucionaria, no solo en los medios impresos sino en todo aquello donde se podía reproducir la revolución (vestidos, medallones, camafeos), como en una especie de pretérito mercadeo político y social.

Los exiliados reprodujeron por toda Europa una medalla de María Antonieta perdiendo la cabeza en la guillotina, pero en vez de horrorizar (cual fue su intención), volvieron más popular al movimiento parisino.

Otro elemento comunicacional fueron los actos públicos, desde las concentraciones políticas a los festejos programados por el poder para heredar la mecánica de la “comunión de los fieles” que tanto le ha servido al cristianismo y a muchos regímenes políticos (desde los fascistas de derecha, hasta los socialistas o comunistas de izquierda)…

Se trató de crear una nueva mística en torno a los nuevos símbolos. El nuevo ser supremo resultó siendo “La Asamblea Nacional” (cualquier parecido con algún cercano país es pura coincidencia).

La gente se bautizaba en los altares a la Nación y el nuevo Estado se gastaba dinero contribuyendo por todos los medios para apuntalar esta nueva religión de Estado (cualquier parecido con algún país cercano, también, es pura coincidencia).

Este efectismo aglutinador, de una eficacia coyuntural extraordinaria, ha abastecido algunos de los movimientos revolucionarios de nuestros días. Todo el poder en la participación popular. En ella todo se sustenta y gracias a ella todo es válido…

Por eso, la historia no deja de sorprendernos, cuando en sus páginas releemos y encontramos textos de una actualidad pavorosa. La historia son ciclos que suelen repetirse y no porque esta ciencia sea necesariamente cíclica, sino porque, a menudo, los pueblos suelen olvidarse de su pasado y lo vuelven a repetir, cada cierto tiempo o a veces, más a menudo…

* Doctor, Docente Facultad de Comunicación Social Universidad Central Del Ecuador

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