La información oficializada…

POR Marco Arteaga Calderón
artecal185@yahoo.com
Sabemos por demás que existe, en la práctica, dificultad en ser objetivo. Pero objetividad es, desde una perspectiva seria, lo que buscamos y pretendemos cuando hacemos información. ¿Qué tanto obstáculo hay, sin embargo, para lograrlo? ¿Por qué, casi siempre, la querencia queda en pretensión, y la realidad apenas alcanza a ser reflejada? De hecho el sesgo o bloqueo o tergiversación proviene en principio porque toda realidad avistada y observada, antes que nada, sufre el tamiz de la interpretación. Una especie de traducción que puede ser sensorial, literal o por connotaciones textuales. Además, y esto no hay como marginarlo, toda interpretación está en función de una concepción del mundo, o sea de una forma de aprehender, de comprender y de aceptar las cosas percibidas para, de acuerdo a la necesidad de expresar o proyectar un evento, promover justificando un dato informativo. Por cierto que el proceso de la información es complejo, teniendo en cuenta que la cantidad de filtros que atraviesa tiene que ver con codificaciones y decodificaciones directa, indirectas, de entorno y no siempre lineales.
¿Qué decir, entonces, cuando un informador, supuestamente preparado para trasmitir datos noticiosos, voluntaria y conscientemente, aplica en los distintos momentos del proceso informativo cedazos propios y hasta con diferentes dimensiones de los agujeros para realizar la criba? No hay duda que el asunto ya no pertenece a la estructura característica del procedimiento informativo. El cedazo propio responde a una necesidad de satisfacer intereses privativos de quien informa y que, desde un inicio, desde la búsqueda de la información la intención era conseguir un posicionismo, una plataforma ideológica para alterar, con beneplácito y consecución de réditos, la realidad vivida. O sea, estamos ante una información que sensorial, literal o por connotaciones textuales desinforma, alejando al usuario, de acuerdo a la manipulación utilizada como destino de afección, cada vez con mayor fuerza de la realidad que pretende conocer. Alejamiento que concluye en enajenación de su mismísima vivencia, convirtiéndose en títere del “hermano mayor” televisivo, impreso o auditivo, convirtiéndose en títere social del statu quo de alguna pandilla del poder.
¿Qué información oficial no es desinformadora? ¿Y cómo no serlo si todo oficialismo entraña por estructura, función y destino justificar, en sí y para sí, su comportamiento en tanto acierto fáctico sin aceptar la mínima evaluación que pueda negarlo? Por eso, cualquier conocimiento científico oficial bloquea el camino de la creatividad científica, cualquier dato estadístico oficial hay que usarlo con guantes y pinzas, cualquier noticia estatal de oficio de aceptación o negación es solo un paraguas para proteger alguna realidad que debe seguir aun escondida… En verdad, desde un contexto de bienestar y justicia social, toda información desinformadora es un delito. ¿O acaso la desinformación no obstruye la apertura y el flujo de las acciones democráticas? ¿O acaso la desinformación no limita la posibilidad creadora del conocimiento? ¿O acaso la desinformación no deforma la personalidad humana perjudicando al individuo, a la comunidad del saber necesario para su realización en justicia y libertad?
Más grave es, por cierto, cuando aparecen los émulos de la información oficial, pues al ser como son, celosos y apremiantes por imitar, sobresaliendo del patrón fijado, profundizan la desinformación a límites increíbles. Quieren superar al oficialismo y hasta critican al oficialismo por no ser tan oficialista. Esto es, confrontan al desinformador por excelencia por no desinformar bien que, en buen entendimiento de sinónimos, quiere decir mentir a la máxima potencia convirtiendo el engaño casi en “verdad revelada”. ¿Un don de fe…? Así es la información oficializada.




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