El Autonomista.com

Noviembre 4, 2007

Justicia Extrema

Clasificado bajo: Opinión, Edicion 229 — El Autonomista @ 11:17 am


POR Alejandro Rodríguez S.

Pena máxima, castigo celestial, ordenanzas de Alá, justicia divina, “Tenchu”, como sea que la llamen siempre es y será lo mismo, derramamiento de sangre o simplemente muerte.

Por dónde empiezo…, lo mejor sería comenzar por la Europa medieval. Las baladas de los trovadores, historias de los caballeros y dragones. Muy poético, pero existían las cámaras de torturas y eran símbolos de verdadero dolor. Las armas para causar sufrimiento eran diversas, muchos hablaban del “Potro del tormento”: Consistía en una mesa rectangular con un carrete cubierto de largos y afilados clavos en la mitad, en los extremos de la mesa unas esposas para sujetar las muñecas y tobillos. Ahora a la víctima se le colocaba de tal manera que el carrete con sus puntas encajara en la espina dorsal, se sujetaba muñecas y tobillos, que estiraban unas cuerdas e hidráulicamente pasaban por un juego de poleas por debajo del potro y se iban estirando con una manivela conectada al carrete, entonces iban girando la manivela, por ende el carrete y sus puntas rodaban clavándose en la espina dorsal del sujeto mientras sus extremidades eran estiradas hasta el punto de arrancarlas o dislocarlos. Pero el símbolo de terror y sufrimiento era la “Dama de hierro”: Esta era un sarcófago que se habría por la mitad, en su interior unas dagas ubicadas estratégicamente para ser clavadas en el cuerpo de la víctima pero no matarle, la sangre fluía hasta derramarse por completo en el interior de la doncella de hierro. La víctima no era sacada hasta dos días después, ahora piensen en el dolor de no poder moverse por tener cuchillos dentro de tu cuerpo atravesándote mientras te desangrabas.

Pero esas no eran más que meros artículos de tortura, la muerte se repartía por las calles en forma de epidemia. Para ajusticiar se usaba el desmembramiento, castración y decapitación, después de haber pasado por la cámara de torturas, la humillación pública y todo eso que hacen en la sierra ecuatoriana.

Los dirigentes de estas barbaries eran los verdugos, que no eran más que ejecutadores, quienes estaban detrás de todo eso era la iglesia (La inquisición) o el palacio real, ya sea reinado, principado, o ducado. La iglesia acusaba a casi todo el que pensaba diferente y lo mandaba a la ahorca o lo quemaba vivo en la hoguera, claro que lo torturaban antes para que se redimiera y era lo más común.

Luego se ideó una terrorífica arma de cercenamiento de cabezas con el fin de humanizar la condena de muerte. Una muerte rápida, sin el sufrimiento de la asfixia de un nudo o el ardor de las brazas en la hoguera, un leve frío en la nuca y nada más decían al patentar la Guillotina.

El pueblo francés se indignaba con las muertes rápidas que arruinaban el espectáculo del dolor. Pero luego la hoja oblicua bebió tanta sangre que comenzó a ser el símbolo de terror, y pudo disfrutar de sangre azul incluso, como un Blue Label.

Existió el fusilamiento, morir ante una ráfaga de balas de unas bayonetas, triste final para Mata Hari. Y la querida silla eléctrica, el dolor de morir con una corriente eléctrica recorriendo y fundiendo tus órganos vitales.

Todo se resume a dolor y muerte, para calmar el hambre de un monstruo lleno de morbo que vive en nuestro interior. La gente pide ¡que caigan las cabezas! Y ahí lo tenían. Exigen sangre, y ahí está, en el reverso de nuestra prensa, de eso se mantienen los periódicos, aparte del lunes sexy por supuesto.

¿Es nuestra identidad ser violentos?, ¿tomar la justicia por nuestras propias manos? Vean el caso de nuestra hermosa serranía indígena que brindan unos refrescantes baños a la madrugada con una temperatura bajo cero y por ende un agua helada que mataría de hipotermia a cualquier ser vivo, pero como el espíritu del hombre con vida es estoico a morir aguanta para una sesión más de ortigazos a la intemperie de una turba ofendida y enfurecida.

Y en el caso de Manabí que en pleno siglo veintiuno siguen cobrando venganzas y repartiendo justicia que al final no es más que horror y material para la crónica roja, entonces existe simbiosis.

Esto en lo que nos respecta a nosotros y la cultura cristiana, en su sumo caso existirá una segunda versión de este escalofriante relato porque la “Justicia extrema” es globalizada y tal vez me entiendan más a fondo. Revisaré la cultura asiática y palparán con pavor el dolor, el sufrimiento lo vivirán en carne propia y sentirán en las más íntimas fibras de su ser lo que es la justicia extrema.

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