Hasta pronto compañero

POR Carlos Intriago Solórzano
En esta ocasión, tomaré este espacio, no para explicar un tema médico, hoy llevo una reflexión sobre aquellos acontecimientos funestos que ocurrieron el fin de semana pasado, cuando un médico interno del hospital Rafael Rodríguez Zambrano pereció en un accidente de tránsito la madrugada del sábado.
Este amigo de todos quienes lo conocíamos era un buen estudiante de medicina de nuestra Facultad de la Uleam. Y lo recuerdo muy bien cuando cursábamos los primeros años; cuando ese espíritu al portar una bata médica era un orgullo tal, que sólo lo puede experimentar quien verdaderamente siente desde un principio esta carrera; sin temor a los reproches o las críticas. Así, jóvenes de diferentes partes de la provincia y de otros países nos empezábamos a conocer, en esas reuniones de guitarra y estudios de anatomía o embriología, allí estaba un compañero de nombre Fernando Díaz Toro, un flaco de buen espíritu, con un carisma impresionante, capaz de sacar un comentario humorístico de cualquier cosa; un catalizador de amigos, la mayoría de veces con buen ánimo ante las adversidades duras que le tocó vivir.
Fernando era amante de la buena música, aunque no tenía una voz de tenor, siempre tocaba buenas notas en su guitarra. Disfrutaba de un buen libro de medicina, era un asiduo investigador del Internet; en verdad una gran persona, que hoy por cosas del destino cruel, se apartó de nuestro propósito, que era ser doctores y buenos profesionales, hoy sus amigazos no lo verán más, como Panchito, Miguel Luís, Roddy, David, Mella, Roberto, el chino Cristhian, Pablo, y la lista sería interminable pues así de muchos conocían a Fernando.
Los maestros universitarios que conocieron de él, estarán por siempre contentos de haber tenido un alumno como Fernando, talvez algunas cosas las tomaba a la ligera, ¡pero quién no ha hecho lo mismo para mi, es un autómata sin vida! Conocedor de materias clínicas, justo cuando realizábamos el internado rotativo en Portoviejo atendía de la mejor forma a sus pacientes.
Y sin embargo aún no creo lo sucedido; porque es verdaderamente tan inesperado, que de mala gana podemos aceptarlo en nuestra mente este mal pasaje de la vida; pero en nuestros corazones sabemos que está vivo y reflejado hoy más que nunca en cada pasillo de cualquier casa de salud al que le haya brindado su trabajo y entrega a cada enfermo que asistió. Porque aunque no haya podido disfrutar la profesión en lo futuro, sus compañeros médicos recordarán sus consejos para prescribir un tratamiento.
Pienso que Fernando simplemente no ha muerto. Y hago mías las palabras escritas en el libro del Dr. Deepak Chopra titulado “Jamás Moriremos” quien habla de la trascendencia del alma que ejecuta un acto de desaparición y que gradualmente puede unirse al mar de la conciencia del que nació. Y Fernando Díaz nació para trascender más allá del cosmos.
La muerte es solo una trasgresión del tiempo y el espacio, en la que el alma queda encerrada en el ciclo del renacimiento que se traslada en formas de vida desde las más básicas hasta las más complejas como el hombre mismo.
Por eso sabemos que nuestro compañero existe entre nosotros, y su cuerpo sólo espera renacer y cumplir su propósito nuevamente. Esperamos que este humilde homenaje refresque un poco la pérdida irreparable para su familia, y la comunidad universitaria de la facultad de medicina envía sus respetos más solemnes. Hasta luego amigo Fernando, nos veremos pronto.




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