Filomena Chávez

POR Dr. Dumar Iglesias Mata
Nacida en Portoviejo, la única mujer entre varios hermanos abrazó las filas revolucionarias montoneras a muy temprana edad. Filomena Chávez Mora vino al mundo de 1884 en pleno apogeo de las luchas alfaristas. Recién había ejercido el general Alfaro la Jefatura Suprema de las provincias de Manabí y Esmeraldas y, victima de un nuevo destierro, viajo a Centro América. Las huellas del Caudillo rebelde impactaron profundamente en los sentimientos de la niñez de Filomena.
En las misma aulas de la escuela y antes de la revolución liberal del 5 de junio de 1895, cuando apenas tenía 10 años de edad, la jovenzuela interrumpía la clase y gritaba “viva Alfaro”, convirtiéndose en líder de un grupo de compañeras cuyos padres se encontraban en las filas del liberalismo radical. Contagiaba por las acciones armadas, un día la estudiante Filomena juró ante todas en su vocación de convertirse en soldado por la causa liberal.
Así, en los levantamientos y revueltas previos, en el desarrollo mismo de los acontecimientos que repercutieron luego el 5 de junio, esta valiente mujer manabita se enroló en el ejercito comandado por el coronel Zenón Sabando. Diestra en el manejo del caballo, fue utilizada como “correo” para atravesar la línea enemiga portando mensajes o pertrechos que permitían ganar las batallas.
Se ganó con ribetes de heroicidad el título de “coronela” y cariñosamente las tropas liberales le hacían honores a su paso como veloz jinete llevando en secreto un parte militar o avisando a los suyos sobre la presencia del enemigo.
Fu nombrada secretaria del liberalismo manabita, pero prefirió continuar su labor de enlace entre los revolucionarios liberales al mando de Agustín María Solórzano que tenía su cuartel general en Rocafuerte y el coronel mexicano Mauro Ramos Idearte, con sus ejércitos montoneros de Chone y los otros movimientos insurgentes que aparecieron en diversas poblaciones en respaldo de la causa nacional que encabezaba Alfaro.
“Es una mocita retozona y sonriente”, decía su jefe, el coronel Zenón Sabando, mientras las tropas revolucionarias la conocían como la “Coronela” intrépida, desafiante de todos los peligros que en muchas ocasiones no negó una sonrisa coquetona al enemigo con tal de cumplir su objetivo de lograr información que permitiera conocer sus estrategias para atacar en sorpresa y ganar las batallas, todo en aras de la tesis patriótica que defendía.
Y no solamente su labor de enlace. Cuando desde la iglesia, los sacerdotes encabezados por el obispo Pedro Schumacher, la acusaban de sacrílega y la amenazaban con excomulgar, Filomena Chávez empuño el fusil y recorrió junto a otros jefes de la milicia alfarista poblaciones vecinas y lejanas para alcanzar adhesión al movimiento revolucionario.
En ciertas oportunidades tuvo que emplear el arma. Lo hizo con destreza, salvándose de las balas enemigas en algunas ocasiones.
Cuando los dilatados incidentes diplomáticos con el Perú en 1912, en que el entonces Presidente de la República general Eloy Alfaro encargó el mando supremo y avanzó hacia la frontera para enfrentar la amenaza de una invasión, la “coronela” Filomena Chávez armó suficientemente un batallón compuesto por cien hombre y marchó a Guayaquil para incorporarse a los ejércitos nacionalistas. Al encontrarse frente al Caudillo liberal, le dijo: “Quiero ir a pelear contra el Perú”.
El general Alfaro exalto su patriotismo y luego de agradecerle por tan noble acto, la convenció para que regresara a Portoviejo, ratificándole su grado militar ganado en incontables acciones y otorgándole suficiente documentación como reserva militar para, en caso necesario, llamarla a los enfrentamientos fronterizos que no se dieron gracias a que Alfaro supo defender con honor y dignidad la soberanía nacional.
Pero la coronela nacida para guerrear, no desmayó en su incesante batallar y muy pronto tuvo que empuñar nuevamente las armas. Herida en lo más profundo de sus sentimientos. Siguió con tristeza la masacre del 28 de enero de 1912 en que el general Alfaro y sus acompañantes fueron asesinados y arrastrados por las calles de Quito hasta ser inmolados en El Elegido.
Filomena Chávez rearmó su batallón y enterada que en Esmeralda se levantó en armas el coronel Carlos Concha, concurrió a su encuentro en la zona norte manabita, engrosando los ejércitos montoneros, librando combate tras combate con las tropas oficialistas, hasta que en cruento enfrentamiento realizado en el sitio Los Claveles de la jurisdicción de Jipijapa, fue derrotada y hecha prisionera.
Durante algún tiempo estuvo detenida hasta que en el gobierno del Dr. Alfredo Baquerizo Moreno, al suscribirse el armisticio, le fue perdonada la vida y recobró su libertad, ganándose hasta el resto de sus días el aprecio y admiración de quienes la trataron o conocieron de su heroicidad.
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