El voto de la desesperanza…

POR Marco Arteaga Calderón
artecal185@yahoo.com
Cuando una elección da un triunfo muchas alternativas pueden servir de interpretación. Positivas para quien gana y negativas para el perdedor. El primero puede sentirse hasta líder y el segundo hasta traicionado. Pero la realidad, quizás, ambos la pierden de vista por su propio interés subjetivo confundido, totalmente, con la objetividad del fenómeno. Cuando una población, cansada en su hacer cotidiano, formalmente estable pero de inestabilidad permanente en sus contenidos, en sus relaciones, en sus proyecciones encuentra que la salida a su situación está rompiendo dicha formalidad, el voto que deposita electoralmente en urna, por cualquier pretexto, es sinónimo de la desesperanza. ¿Angustia por la casi marginación del instinto de supervivencia, miedo suicida mediante la nausea social que agita y revuelve conciencias y destinos?. La ansiedad, la incertidumbre, un verdadero vértigo de no saber qué hacer, para dónde ir, a quién acudir lo domina todo… Bingo para quien, en un evento electorero, responde positivamente, condicionado en alguna forma de fervor emocional, a esta aflicción colectiva.
La votación de las dos últimas elecciones es producto de la misma fuente, el voto de la desesperanza. Aquí no hay liderazgo de nadie en particular, aunque la tentación a engañarse es grande. El hambre, la enfermedad, la desocupación que gritan una vida encarcelada en la injusticia, sin opciones de libertad, al margen de toda alternativa de expresión social que permita la posibilidad de una personalidad creativa, son la incitación por inercia, en una democracia decadente, hacia un “basta ya!. Al diablo todo… Que no quede nada sin cambiar!”. Es que son años y años de esperar… De esperar que los tan cacareados derechos humanos y sociales, que con tanta alharaca están aceptados institucionalmente en la sociedad ecuatoriana, por fin pasen de letra muerta a vida cierta y concreta. O sea, que sean cumplidos, sin explicaciones justificativas de ningún poder estatal, ni del ejecutivo, ni del legislativo ni del judicial eso de la inviolabilidad de la vida, de la integridad personal, de la no violencia con los niños, mujeres y ancianos, de la igualdad ante la ley, de vivir en un ambiente sano y sin contaminación, de ser libre de opinar y de pensar como quiera, de no estar chantajeado para ir a votar o cumplir con el servicio militar…
Como que la paciencia llegó a su límite. ¿Qué dice, por ejemplo, el Art. 20 de la Constitución en vigencia? El Estado reconocerá y garantizará a las personas los siguientes derechos: “El derecho a una calidad de vida que asegure la salud, alimentación y nutrición, agua potable, saneamiento ambiental; educación, trabajo, empleo, recreación, vivienda, vestido y otros servicios sociales necesarios”. ¿Es que en algún sitio del país existe este paraíso? ¿De que enciclopedia, de mentiras románticas para crédulos de buena fe, ha salido semejante declaratoria, casi obscena, que no hay gobierno hasta ahora que la haya puesto en práctica? Mas bien a los mandatarios les ha sido útil para sentirse dadivosos, entregando mendrugos de caridad a los necesitados y mantenerlos en un tentempié de la miseria, al tiempo que promueven su “liderazgo carismático”. Los presidentes en este aspecto han forjado escuela. ¿Cuál no ha mostrado en campaña la terrible sorpresa por la monstruosa deuda social, genocidio de Estado, contra el 80% de la población nacional que nada tiene, y luego desde Carandolet, imbuido del poder de la estupidez humana, de inmediato, ha pagado, antes que nada, la cuenta usurera de intereses sobre intereses del Fondo Monetario? ¿Y la deuda social? Queda para la campaña del próximo gobierno… ¿Hoy? A ver si aunque sea es el inicio de la superación del voto de la desesperanza…




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