La política del actual gobierno vuelve a los mismos vicios del pasado. Los hermanos y parientes incómodos aparecen en momentos en que el régimen intenta capitalizar su victoria en las urnas y consolidar su poder. Mientras tanto, se cuestiona la libertad de expresión: ¿qué libertad? ¿Qué expresión?
Nuevamente tenemos que hacer uso de los libros de historia para entender el poco feliz papel que han cumplido los diferentes parientes de los gobernantes. Una práctica que viene desde épocas antiguas. ¿Quién no se acuerda de Lucrecia y César Borgia? Los hijos del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) a finales de la Edad Media. Eso para destacar la hegemonía de esa familia no aristocrática en las épocas en que gobernar era hereditario y cosa de príncipes y reyes.
Pero, acercándonos en el tiempo, cabe recordar el papel destacado de un hermano que no fue incómodo: Robert Kennedy, Fiscal General en la presidencia de su hermano John, en Estados Unidos (ambos asesinados de manera trágica). Un caso nada parecido es el del hermano que heredó la presidencia de Cuba: Raúl Castro a Fidel. La historia lo juzgará…
En los mismos Estados Unidos, el poco claro papel del hermano de George W. Bush, Jeb, para hacerle ganar las elecciones del 2000 en Florida, cuando se comprobó que hubo un fraude contra Al Gore. Y no se enviaron misiones de observadores para constatarlo.
Las excepciones son más que las reglas. “Todos tenemos parientes”, dice Piero. “Todos por alguien lloramos”, agrega el cantautor argentino. Pero, ¿podemos escoger los parientes? Sería bueno preguntarle esto al fallecido dictador chileno Augusto Pinochet, que entretejió una red no tan clara de manejos financieros con su esposa e hijos.
En Argentina los parientes han jugado un rol importantísimo. Desde esposas que llegan a ser presidentas o reencarnaciones de Dios (Evita), como Cristina Fernández de Kirchner o Isabel Martínez de Perón, hasta hermanos, como Eduardo Menem, involucrado en los negocios turbios, en los que de paso estaban involucrados algunos cuñados y otros parientes de Carlos Menem.
En el Ecuador, los parientes incómodos son parte del folklore nacional. El primer presidente, el analfabeto venezolano Juan José Flores, tuvo un hijo que fue presidente varios años después (Antonio Flores Jijón). El presidente Leonidas Plaza tuvo en su hijo Galo una reivindicación política que le llegó después de muerto (el padre fue acusado como mentalizador del arrastre de Alfaro y el hijo, el gran constructor de la estabilidad política en los años 50).
En Colombia se sigue hablando del gran poder que han acumulado los hijos de Álvaro Uribe Vélez, desde que su padre llegó a la presidencia y fue reelecto para el cargo. En ese país los políticos heredan presencia política. Es el caso de Carolina Barco, hija del presidente Virgilio Barco; Andrés Pastrana, hijo del presidente Misael. En Chile fueron presidentes Eduardo Frei Ruiz Tagle y su padre Eduardo Frei Montalva.
En Ecuador
La familia Bucaram ha tenido un gran protagonismo durante varias décadas. Desde los hermanos Jacobo y Assad, cuando se tomaron el CFP en los 50, hasta el defenestrado presidente Abdalá y sus hijos Dalo y Jacobito. No se olvida la historia de Averroes Bucaram, el hijo más destacado del inefable Assad.
Si estos personajes no son suficientes, preguntemos en tiempos más recientes por los parientes del presidente Sixto Durán Ballén (cuyo nieto político huyó del país en avión oficial) o parientes de Jamil Mahuad, como su hermano Eduardo, tesorero de su campaña electoral. Sin tampoco olvidarnos de Lucio Gutiérrez y todo su clan: hermanos, primos, agnados y toda clase de bichos raros del gutierrismo. La esposa y otros parientes del interino Alfredo Palacio que estuvieron también en problemas con la justicia.
Lo grave es que muchas –casi incontables- son las denuncias de favoritismos en la firma de contratos con el Estado, tráfico de influencias y corrupción. Desde el inicio de la república, los mandatarios han tenido parientes que les han hecho literalmente “llorar”, como dice la canción de Piero.
Sobran los ejemplos: Jacobito Bucaram, acusado de haber obtenido su primer millón de dólares en las aduanas; Gilmar Gutiérrez, acusado de tener numerosos contratos en el sector petrolero y migración (la llegada de miles de chinos al país); Ricardo Noboa Bejarano, hermano del ex presidente Gustavo Noboa, que dirigió el Consejo Nacional de Modernización; sin olvidarnos del “gran yerno” de León Febres Cordero, Miguel “clé clé” Orellana.
Y llegamos al “gran hermano”. Fabricio Correa. Un pelucón “light”, un personaje “muy listo”, un experto en perder licitaciones y contratos con el Estado. Pero, algunos sí ha ganado y con ellos ha amasado fortunas desde el 2007. Y más todavía desde que es “el gran hermano”.
¿Cuestión de delicadeza? ¿Cuestión de ética? ¿Cuestión de ser “caretuco”? Usamos esa palabra porque es una de las preferidas del mandatario. Los hermanos tienen que ser hermanos. Y nada más que eso. Cuando un hermano está ahí para interferir las buenas intenciones o acciones, ese hermano no nos hace falta.
Pero, cierto es: nadie puede cerrarle una puerta si es el “gran hermano”, el “gran pariente” o el “gran cuñado” el que hace antesala en cualquier oficina de cualquier ministerio o institución oficial.
De coles a nabos
Un canal de televisión, que se hace llamar “el lindo canal”, se halla en la picota. Los medios de comunicación a la expectativa por lo que les pueda pasar a ellos. El gobierno armando su paquete de medios estatales, a lo Berlusconi. Las empresas de comunicación reclamando que les están coartando la libertad de expresión.
Un viejo periodista estadounidense decía que “la única libertad de expresión que existe es la de los dueños de los medios”. Nos daría la impresión de que así es. Pero se trata de libertad de empresa. ¿Qué puede decir un periodista de esos medios que no sea la consigna del propietario de ese medio? ¿Son ellos realmente dueños de su opinión? La libertad es de la empresa no del empleado, que la acata.
¿Cuál es el enfrentamiento? Entre un gobierno que busca tener el monopolio absoluto de la libertad de expresión y una serie de medios, acostumbrados en gobiernos anteriores a denunciar y a escandalizar –muchas veces sin sustento- a los políticos de turno, para luego hacerlos –inclusive- caer. Recordemos el papel que tuvo Radio La Luna en la caída de Gutiérrez.
De todos modos, hay medios que hacen su papel e investigan, como siempre. Recuerden ustedes a Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, protagonistas principales de la denuncia del caso Watergate y de la posterior caída del presidente estadounidense, Richard Nixon, en 1974. En el Ecuador siempre se ha dicho que la prensa no debe ser un poder, sino un contrapoder.
¡Ah!, y de paso, un organismo de control a merced de un gobierno, con tres votos favorables y ninguno en contra. Con un delegado del gobierno que ha sido parte de varios gobiernos y que incluso fue asesor del tristemente célebre Bolívar González cuando éste personaje, de ingrata recordación, ordenó que se dispare a la gente desde el ex Ministerio de Bienestar Social (este individuo se llama Carlos Larco).
Y ese individuo, junto con otros censores como Alfredo “cachito” Vera (el recordado “Pedro Päramo” de las crónicas periodísticas) deciden que veamos “Mi Recinto” y que dejemos de ver “Los Simpson”. ¡Por favor!
Lo más preocupante parece ser que habría funcionarios que aparentemente servirían solo para cumplir consignas del actual poder, como puede ser el caso de Conartel. Se dice que en algo se parecen todos los gobiernos de tinte autoritario: todos ellos buscan acallar a la prensa (sea ésta fiel o no) para monopolizar la información.
“El poder corrompe. El poder absoluto corrompe absolutamente”. La frase pinta a las claras y resume lo que pasa hoy en el Ecuador. Como siempre, ojalá estemos a tiempo. Sobre todo el poder, ojalá esté a tiempo…
October 22nd, 2009 at 7:58 pm
Recientemente le comentaba a un amigo que Juan José Flores (primer presidente de Ecuador) era analfabeto, pero él no lo cree así. En que texto/libro puedo encontrar esta información que usted menciona en su comentario.
Gracias.
Cordial saludo.