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October 1, 2009

Filed under: ANÁLISIS INTERNACIONAL,Edición 261 — El Autonomista @ 6:59 am

¿Para qué sirve la OEA?
 
POR: Ugo Stornaiolo     Doctor, Catedrático Universitario, consultor y coordinador Maestría,
Comunicación Organizacional Facultad de Comunicación Social,
Universidad Central del Ecuador
 
 
La doctrina panamericanista, establecida desde el siglo XIX con la doctrina Monroe (“América para los americanos”) o la doctrina del “gran garrote” del presidente Theodore Roosevelt, tuvo como colofón en 1948 la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA). Un organismo que, mientras estuvo a la medida de los Estados Unidos, sirvió. Vale preguntarse ahora: ¿sirve todavía para algo?

Las contradicciones de este organismo tuvieron su primera repercusión cuanto estalló la revolución cubana y las posteriores decisiones que –emanadas desde la Casa Blanca- sometían a un aislamiento de más de 50 años a la isla caribeña.
En el 2009, la OEA volvió a demostrar que, como organismo internacional, su figura es puramente decorativa. El cantor cubano Carlos Varela cantaba que “la OEA es cosa de risa”.

No sabemos si de risa o de llanto. Hoy en día, la OEA no cumple la función que antes cumplió: seguir con fe ciega la doctrina panamericanista. Si alguien agredía a Estados Unidos “o a cualquier otro Estado” (entre comillas no más), se activaba este organismo para actuar.

En estos días, el voto unánime de la OEA condenó la acción de facto en Honduras, pero nadie lo acató, nadie le hizo caso. Es como si las voces de la OEA chocaran contra el viento, porque de acuerdo con su carta constitutiva, cualquier posibilidad de intervención, mediación u otro mecanismo de solución de controversias es reenviada a la Carta de las Naciones Unidas. Si es un organismo que, aunque interviniendo, no interviene, entonces ¿para qué queda?
¿En qué ha quedado la diplomacia sino en buenas intenciones? Y ya sabemos que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. Además, sería bueno saber el papel que actualmente juega Estados Unidos en este conglomerado de países que no se ponen de acuerdo, aunque extrañamente sí lo hicieron esta vez.
Cómo nos podemos olvidar los ecuatorianos del tibio papel de la OEA en nuestros conflictos limítrofes con el Perú de 1981 y de 1995 o la menos que tibia intervención del secretario de la OEA de entonces (el acusado de corrupción ex presidente de Colombia, César Gaviria) en las gestiones que, de todos modos, produjeron la caída de Abdalá Bucaram (por razones morales, más que mentales).

Y resulta que, cuando se quiere que Cuba vuelva, que la OEA (excepto Estados Unidos) recibe a ese país con los brazos abiertos, la isla adopta la actitud de niño resentido o enojado y “ya no quiere volver”. ¿Sirve realmente para algo la OEA?
¿Dónde quedaron los principios “democráticos” que inspiraron la Carta de la OEA? Según éstos, los países que no tenían este sistema de gobierno tenían cerradas las puertas. ¿Qué podemos decir de otros países, donde de manera “democrática” se han concentrado los poderes?

¿De qué principios humanitarios se habla en la OEA, si el país que promovió la Carta, aunque se haya proclamado adalid de los Derechos Humanos en todo el mundo, es un conspicuo violador de esos derechos humanos en su propia tierra (contra inmigrantes, contra presuntos terroristas no comprobados en la Base de Guantánamo)?

Cuba ha señalado que no tiene intención de retornar a un organismo al que llama “cadáver pestilente”. ¿Puede la OEA o tiene fuerza moral para pedirle a Cuba que regrese, después de varias décadas de habérselo impedido, suscribiendo –tácitamente- el bloqueo ordenado por Washington?

¿Y qué está pasando en el “patio trasero”?
Y si la OEA es una muestra de lo poco que hacen los organismos de integración, qué se puede decir del Grupo Andino, del Mercosur, del ALBA o de la fallida (antes de nacer) UNASUR. El llamado “patio trasero” de los Estados Unidos, vive en estos días un fervor de búsquedas, de recetas que no dependan de las consignas de Washington o que refuercen esas posiciones.
Lo que se ve dentro de Latinoamérica es una clara confrontación en el espectro de la geopolítica, donde algunos países intentan consolidar liderazgos basados en coyunturas o “calenturas” del momento.
Ahí está el Brasil pragmático de Lula da Silva, el otrora sindicalista, hoy uno de los líderes democráticos con más credibilidad de la región, por su política económica, que no difiere en mucho del neoliberalismo de su antecesor Fernando Henrique Cardoso.

Está México, el siempre incómodo vecino de los Estados Unidos, que siempre trata de atraer hacia su seno a los países más cercanos, los centroamericanos y caribeños. O Chile, con su receta económica “exitosa”, heredada de la dictadura de Pinochet. Está Argentina, con su liderazgo ahora maltrecho, que en las urnas le dio una lección a la pareja presidencial y con su presidenta, Cristina Fernández, metiéndose “en Honduras” aunque no le llamen.

Está Colombia, un incondicional aliado del ex presidente Bush en su lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, pero que ahora se ve huérfana de respaldos y aislado del resto (tal vez con cierta presencia de Perú). No olvidemos que esos dos países son parte del Grupo Andino, del que somos parte desde 1969.

Y está el bloque de los “socialistas del siglo XXI” del ALBA, encabezados por el Coronel Hugo Chávez. Un grupo de países entre los que aparece el nuestro, que intenta sumar adeptos para su causa, que es de corte izquierdista, pero con un marcado acento imperial. Lograr que toda América se una a la causa, como proclamaba Bolívar. Un grupo que también se metió en Honduras y no logró nada.

Lo que la OEA omitió
La Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR), respaldó al presidente boliviano Evo Morales, condenando las masacres de opositores, que intentaban derrocar al gobierno. La OEA, que se encarga de preservar la paz y la democracia en el continente, observó pasiva cómo los departamentos opositores conspiraban contra el gobierno constitucional.
La OEA fue creada en 1948 “para promover la paz, la democracia y el desarrollo social y económico de los pueblos americanos” según se expresa en el preámbulo de la Carta Constitutiva. La expulsión de Cuba no sucedió por la interrupción de la democracia, pues Cuba estaba bajo la dictadura de Batista, sino por su acercamiento al bloque soviético.
La OEA no condenó la ocupación de Guatemala y la caída de Jacobo Arbenz en 1954, ni detuvo a los mercenarios (los contras) que actuaron en Nicaragua tras la victoria sandinista, ni la invasión estadounidense a Santo Domingo en 1965 ni a Granada en 1983. Tampoco condenó a las dictaduras del Cono Sur en los 70, ni el golpe contra Hugo Chávez en 2002.
Durante la guerra de Malvinas, entre Argentina y Gran Bretaña, y a pesar de que la OEA insistía en que la soberanía de las islas debía seguir siendo negociada, en 1982 este organismo no cumplió con su propia resolución.
El TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) es un pacto de mutua defensa entre los miembros de la OEA que sostiene que: “un ataque armado por cualquier Estado contra un Estado Americano, será considerado como un ataque contra todos los Estados Americanos, y en consecuencia, cada una de las Partes Contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque en ejercicio del derecho inminente de legítima defensa individual o colectiva”. Pura música celestial.
Recordemos que los estadounidenses no hicieron nada para impedir que los barcos y aviones de Su Majestad la Reina Isabel, concreten la recuperación de las islas.

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