5 de junio de 1864: La Primera Rebelión Armada de Alfaro

POR Dr. Dumar Iglesias Mata
Era la tarde del 7 de junio de 1864, en el cuartel general de “Colorado”, Montecristi. Alfaro había accedido ante la comisión de numerosos vecinos, poner en libertad al gobernador, general Francisco Javier Salazar luego de la primera rebelión armada, ocurrida, dos días antes.
Salar impresionaba a los revolucionarios montoneros y opinó con ellos que el gobierno de García Moreno era ya imposible para los ecuatorianos.
A él debemos-dijo- la humillación de Tulcán y Cuaspud. El propio clero lo rechaza. Tavani ha demostrado ya, la reprobación de Roma por el asunto del fuero eclesiástico. Los obispos Riofrío, Toral, Aguirre y Tola están contra él. Guayaquil no lo quiere, Cuenca lo aborrece. Y Quito mismo no olvida los ultrajes a Monseñor de Posto y a los canónigos de la Catedral. Ni los enredos de la Klinger. En lo que discrepamos es en el hombre que debe sustituirlo.
Y Salazar seguía opinando como si fuese uno más de los insurgentes.
Ustedes creen que debe ser Urbina, continuó- yo opino lo contrario. Urbina es un hombre desacreditado por dos administraciones desastrosas; la suya y la de Robles. Es, además, demasiado “rojo” y Quito se ha amparado bajo la bandera de la religión. Urbina evoca la unión con los gólgotas” de Colombia. Con Mosquera y con López y el Gran Oriente de Bogotá.
Y hasta les daba sugerencias:
Yo insinuaría -prosiguió- una coalición de hombres honrados bajo el nombre de Antonio Flores. Es un hombre nuevo. Ha representado al Ecuador con lucimiento, en la cuestión de la deuda extranjera. Nos traería, además, la aristocracia toda de la capital y parte de la de Guayaquil. Porque en Guayaquil lo quieren los Marcos, los Stagg y los Wright. Antonio Flores nos daría el prestigio de la etapa de su padre. Y Juan José flores es la clave de la costa, porque es el Comandante de Armas de la plaza porteña…yo quisiera hablar algo más con usted, querido Eloy, y creo que pudiéramos entendernos. El joven Alfaro le respondió: “Nada con los “berruecos”. Aún apestan las breñas de la “Jacoba”. Y con marcado disgusto terminó la conversación.
Ya tenía Alfaro un claro concepto sobre la sinceridad de las personas.
Desde el fondo de sus ceñimientos pudo apreciar que estaba frente a un farsante, un charlatán, un mentiroso.
“He de Volver para Vengarlos”, dijo, en su primer auto-destierro
De todas maneras, se hizo la fiesta para celebrar la firmadle documento.
Fue allí donde el grito oportuno de una mulata le salvó la vida. Salazar lo había mandado a matar.
Alfaro prsintió que estaba por iniciarse una inmediata y feroz persecución contra su movimiento insurgente. Se dirigió al puerto de Manta para embarcarse rumbo a Panamá en el vapor Anne. Pascual Alvia, su esposa y otros lo fueron a despedir, pero no quisieron cruzar mares y habló el líder:
“No me han querido acompañar ustedes. Ni tú Bruno, ni Piedra, ni reyes, ninguno me ha creído cuando les he dicho que se guarden de la venganza de Salazar…
“Un presentimiento me dice que no nos hemos de volver a ver. Pero suceda lo que suceda, acuérdate Isabel, que el corazón de Eloy Alfaro siempre habrá un recuerdo y un hogar para la esposa y el hijo de Pascual Alvia”
Interrumpió la negra Martina:
-Amito eloy, que la Virgen Santa le cubra con su manto. Talvez, cuando vuelva, la pobre negra sea un nombre en su memoria y una tumba en el panteón.
Y alfaro, dándole un abrazo de gratitud, le respondió:
-¡Qué has de morir, criatura!… todavía me has de ver Presidente de la República. Y con una ancha sonrisa se despidió de sus leales seguidores.
El barco se alejaba del puerto. Con sombrero en mano abrazaba el viento mañanero y decía en sus adentros “he de volver para vengarlos…he de volver”…
El gran literato e historiador J.J. Pino de Icaza, concluye así este bello episodio:
“Días después, se cumplía el augurio de Eloy Alfaro. Pelotones de esbirros recorrían la provincia en busca de los comprometidos de la última conspiración. Pascual Alvia, arrancado de los brazos de su esposa, recibía en unión de su cuñado Bruno Muentes, la muerte en los banquillos del parque de Montecristi, con todos los refinamientos medio-evale, que el Gobernador de Manabí imprimía a las ejecuciones.
“En Jipijapa, se ejecutaba a Tadeo Piedra, y en el mismo Montecristi, poco más tarde, era el turno de Braulio Reyes. Camino de la Serranía, entre escoltas armadas, iba José María Albán, a los calabozos de aquel cuartel de Artillería, en donde el cáncer consumía a Juan borja y donde esperaba la muere el general Manual Tomás de Maldonado… en su grácil casita de “Colorado” , Isabel Muentes de Alvia, con los brazos cruzados sobre el grávido vientre, esperaba al hijo póstumo del triste amor de Pascual Alvia. Alos pies, la negra Martina evocaba, entre sollozos de rabia, la figura del caudillo, que más tarde sería el VENGADOR”.




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