
POR Gastón de Janón Giler
A propósito de que el Gobierno del economista Correa está empeñado en hacer un reconocimiento justo a la vida y obra del ilustre General Eloy Alfaro Delgado, quiero, como hijo del Coronel Carlos De Janón Gutiérrez, miembro del ejército revolucionario y comandante del Batallón Quevedo N° 10, ofrecer estos apuntes relativos al 28 de enero de 1912, en Quito.
Mejores plumas que la nuestra han narrado ya los acontecimientos del domingo 28 de enero de 1912. Y solo sería presunción de nuestra parte el pretender copiarlos o emularlos. De modo que dejemos que hable Alftedo Pareja Diezcanseco: “¡Duelen estas páginas de nuestra historia; están llenas de sangre, de vergüenza, de humillación. Las más elementales garantías humanas fueron rotas. Los peores instintos quedaron en libertad El pudor político, la regla civilizada, la generosidad del vencedor, la reputación de la república, el honor militar, la norma ética, todo, todo cayó arrastrado por el torrente de la barbarie…”.
Hacia el mediodía, llegaron los presos que fueron conducidos por la ciudad hasta el panóptico. Don José Peralta cuenta lo que ocurrió: “Llegado el general Eloy Alfaro a la celdilla que le habían preparado, pidió algo en qué sentarse, aunque no fuese sino un cajón; y, no habiendo sido atendida su petición, tendióse sobre el desnudo y polvoriento suelo, y arrimó la cabeza contra el muro. Enseguida, dirigiéndose a un oficial le dijo: Quiero que me acompañen Medardo o Páez, para que no se me calumnie después de muerto. (El ilustre anciano creía que los verdugos se contentarían con una sola víctima, y quería un testigo que relatase lo acontecido en los últimos momentos; que certificara que había caído como los antiguos héroes de Grecia y Roma, envuelto en su dignidad como un brillante sudario)”.
Pero se había decidido sumar escarnio al crimen, y el Viejo Luchador fue privado incluso de sus pertenencias íntimas. Esto lo reconoce un conservador, el escritor manabita doctor Wilfrido Loor Moreira: “Las prendas de Eloy Alfaro se repartieron así: el chaleco blanco y el reloj de oro fueron tomados por Miguel Flores; el bastón de oro con su monograma por Cevallos; el sombrero por Francisco Naranjo; y uno de los broches de oro de la camisa por Tobías Negrete. El reloj y el broche fueron vendidos en 50 y 8 sucres, respectivamente, al director del penal.
Y comenzó la orgía de sangre. Gonzalo Suárez, que no se atrevió a intervenir, refiere: “El pueblo fue instigado eficazmente con anticipación. El domingo, el panóptico fue invadido no solo por la puerta sino por los muros laterales y los muros traseros del edificio. El panóptico pudo haberse defendido fácilmente, es una fortaleza. Más tarde estuvo preparado para el asalto macabro, para la fiesta orgíaca, para la ordalía de los fanáticos.
“Al grito de ‘¡Viva la religión!’ y ‘¡Mueran los masones!’ se celebró el satánico sacrificio. Con el ruido se levantó don Eloy e increpó a los soldados. El cochero del Gobierno (José Cevallos) lo golpeó y luego le disparó un tiro en la frente. Cayó el anciano. El general Ulpiano Páez, con una pistola que había logrado ocultar en su bota, quiso vengar a don Eloy, y mató a un soldado, defendiéndose hasta que perdió la vida. Flavio Alfaro también luchó como pudo agarrándose de la baranda de hierro, pero le punzaron los dedos con puñales y lo lanzaron desde lo alto al pavimento.
“Al periodista Luciano Coral amarrado y mientras hacía movimientos desesperados, le cortaron la lengua (para que no hables más hereje!’, según decían los asesinos). Y todos, don Eloy, Medardo, Flavio, Páez, Serrano, Coral, desnudos, robados, enrojecidos de puñaladas, unos todavía con aliento, otros ya con el vidrio de la muerte en la mirada, fueron arrastrados con sogas, al grito ululante de los posesos, de sus carcajadas diabólicas, del clamor bestial del hartazgo hasta el Ejido, donde se alzó la pira.
“Bailaron allí los caníbales, se lanzaron unos a otros los miembros apedazados, aparaban en el aire los órganos viriles de aquellos ‘herejes’. Se disputaron huesos y carnes, lamieron la sangre de los puñales, alzaron las voces enloquecidas, en el goce de lúbricos y primitivos ritos de carnicería”.
En cuanto a la hoguera misma y aún a riesgo de repugnar excesivamente a quienes siguen estas palabras, repetiremos lo que dijo y como lo vio González Suárez: “De los seis cadáveres formaron tres grupos separados de alguna distancia, dos cadáveres en cada grupo. Don Eloy Alfaro y Luciano Coral; don Medardo Alfaro y Flavio Alfaro; el general Serrano y el general Páez. El cadáver del general Alfaro estaba sobre el de Coral. Como el combustible no fue abundante, ningún cadáver quedó completamente quemado, sino más bien asados o tostados, aunque los habían mojado con kerosén”.
Un colombiano, Manuel de Jesús Andrade, estuvo presente. Esto fue lo que vio: “Un chiquillo hacía flamear en un vasta improvisada la quijada con la barba blanca del General Alfaro. Espantosos los cadáveres cosidos a puñaladas, descuartizados órgano por órgano, chorreando los intestinos…”. Por su parte, González Suárez señala que “alguien que sin duda se había compadecido de la desnudez completa del cadáver del General, le había echado encima un paletó viejo para cubrirlo”.
Y a esa misma hora, mientras bandadas de perros lamían la sangre de las víctimas o roían sus tostados huesos, cayó sobre Quito un aguacero. El colombiano Andrade, entre el horror y el llanto, entre el clamor y la rabia, exclama: “¡Lástima que no llueva fuego del cielo!”. Don Alfredo Pareja Diezcanseco concluye: “Así se cierra este capítulo de nuestra historia de la libertad”.